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A la soledad de mi mismo

Podría preguntármelo, pero ¿a quien
coño le importaría?
-¿Quién soy?-
Ni siquiera a mi, supongo...
Y sin embargo, para qué lo voy a negar,
temo convertirme en profesor amargado,
o en funcionario hueco -que diría Valente-
o en sombra de mi mismo,
como esas que vagan por cajones perdidos y
despachos de oficina.

Mientras los (a)dioses se dibujan sobre baldosas
numeradas con tiza.

Y las palabras que jamás conseguirán hablar –ni reír, ni gritar- se pudren
entre sinapsis imposibles y esperanzas rotas al final de un pasillo gris.
Porque sé que allá al fondo me espera la habitación 101.
Lloran los niños.
Lloran.
Lloro.
Lloremos.
Lloremos por las seis vidas que el gato negro perdió
escuchando alguna triste canción.
Lloremos por los libros quemados antes de ser escritos
Lloremos por los piterpanes que no supieron dejar de crecer
por los sueños olvidados
por las lámparas rotas
por las musas que no tienen quien escuche sus lágrimas de papel.
Esta mañana, -otra más- los dioses invocados ayer siguen
sin aparecer en el espejo. Y yo os maldigo, a todos,
mientras florecen las mentiras que cultivan los odios
que cultivarán las mentiras que florecerán el mes que viene.
¿Qué más quereis, Dios mío?
Lloremos por lo que pudo ser y no fue.

Pero que quede una cosa clara.
Tan lúcido o tan loco, tan visionario o tan ciego, ahí estoy.
Y allí estaré...

A su salud (y que la disfrute)


Dedicado a las sombras que sustentan
mi alma, porque sin vosotras no puedo